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MI DÍA FAVORITO



Tani, al escribirte esta carta quiero hacer énfasis en aquello que aportó un gran valor afectivo a la concepción de lo que un día favorito significaba para mi cuando era niño, y lo hago así porque en mi cabeza lo rutinario de una semana nunca fue entendido como la secuencia natural de mis obligaciones. Quiero contarte que los días más importantes de mi niñez siempre se midieron a partir de lo que apreciaba y de las grandes probabilidades de que eso que amaba tanto sucediera nuevamente, no únicamente por el gozo mental o por la satisfacción de mis sentidos, sino porque aquello que deseaba enormemente se convertía en una realidad a compartir en espacio y tiempo.


Así que, puedo decírtelo, el hecho de que hubiéramos crecido entre la acción y el efecto de dar sabor y gusto a algo, de ver cómo era tan importante el permitirse percibir detenidamente y con deleite el sabor de lo que se come o se bebe, me enseñó a apreciar con calma lo grato. Aprendí que uno puede llegar a los sabores por halagos a las sensaciones, por razones ligadas al ánimo o por interés de apropiarse del placer; sin embargo, lo más poderoso de esas enseñanzas es que comprendí que nada de lo anterior podía lograrse de no existir la idea esencial de compartir; vaya, y lo pongo así porque no se trataba solo del hecho de tener las mismas opiniones e ideas que mis pares sobre aquello que era disfrutable o no, sino porque la vida diaria me demandaba, como hijo de maestros heladeros, el reto de asumir el sabor de las cosas y entonces decidir con quién y cómo compartir eso que llegaba a mi paladar pleno de inquietudes.


Te confieso que me fascina recordar cómo mi mente solía viajar entre lo fantástico y el necesario aterrizaje a lo real, yo solía otorgar sabores a momentos, a personas, a las emociones, a mis aspiraciones y de hecho casi, casi, a todo mi entorno. Si estaba muy contento con alguien, imaginaba que creaba un sabor para decirle - toma, es un helado de « alegría » … y ese sabor nada tenía que ver con el amaranto como ingrediente, sino que me imaginaba descubriendo sabores que pudieran llevar a ese estado de ánimo, de manera muy personalizada, y como solo esa persona, a la que quería complacer, podía hacerme sentir de una manera muy particular, entonces únicamente esa persona podría percibir ese sabor; hahaha… sí, qué cabeza la mía, yo me soñaba con la poderosa capacidad, no solo de dedicar algo « exclusivo », sino también con la aptitud de crear ese « privilegio » que recreara una emoción en la boca. Igualmente, y por obviedad, el proceso de imaginación me conducía por momentos de enojo o de esperanza, y en algún momento, lo recuerdo perfecto, la ansiedad escapó de mi mente para tomar la forma de un sabor.


Por eso es que para mi uno de los atributos más importantes de la vida, que tan llena está de emociones como de sabores, es lo poderoso de la relación « emoción - sabor » porque esa conexión representa la sensibilidad para discernir lo material de lo emocional. Tú bien sabes que yo saboreo la vida, y estoy seguro que cualquier persona, de igual manera podría ilustrar su vida emocional con sabores, sí que es posible, aún cuando haya quienes aseguren que existen los « sinsabores », a sabiendas que eso no podría ser sinónimo jamás de la insipidez emotiva o de un desazón afectivo. Lo sabes, yo saboreo la vida, porque le otorgo a hechos y a vivencias, cualidades o propiedades gustativas,… yo dejo que corra la emoción por donde se cuela el sabor, para que la privación del juicio juegue con el uso de la razón en las papilas.


Más lo pienso y más lo confirmo, mi día favorito en esos tiempos cuando la primera fase de la adolescencia todavía no llegaba a mis conductas, era el día en que tu ingenio se aliaba con mi muy sediciosa manera de enfrentar las rutinas. Tengo atesoradas cada una de las memorias en donde nuestras carcajadas me ensordecían. De hecho, el recuerdo más divertido que sale a flote, cuando te busco y te encuentro entre los juegos y las risas de antaño, es ese día en que me enseñaste que los dos podíamos impulsarnos hacia lo más alto, siempre juntos, siempre riendo y, naturalmente, tomados de las manos. El sabor que yo le otorgaba a ese fantástico momento era el de « volar », ilógicamente no nos sostenían alas, sino la energía estática, el hecho de saber que estábamos juntos y lo travieso de un par de calambres, esos tres elementos en su conjunto eran suficientes para la buena disposición de nuestro recreo, sostenidos en el aire y flotando entre congeladores llenos de helados y de nieves.


Estoy seguro que tu prodigioso calculo mental había descubierto que aligerando nuestros cuerpos podíamos jugar con porciones del tiempo, como si la trascendencia de nuestra infancia estuviera basada en la posibilidad de crear una serie de episodios extraordinarios, que cual cimientos, consolidaran nuestras vidas. No digo esto como si todo tuviera que estar determinado por la felicidad, sino porque tus enseñanzas, como hermana mayor, tenían muy definido el cómo buscabas interactuar conmigo. Me enseñabas matemáticas para no vivir el amargo sabor del regaño, pero también para disfrutar el sabor de la felicitación. Me instruías sobre la transparencia e incolora existencia de la gelatina para poder vivir después el sabor de la sorpresa, sí, ya una vez que habías logrado transformar su supuesta pureza. Mi día favorito era el de tus enseñanzas con sabor a advertencia, porque tú eras la de la experiencia, pero también por ello, compartías conmigo el sabor de trabajar en conjunto, ayudando en casa y en el negocio, y esos fueron nuestros principios más sabrosos.


Mi día favorito fue cuando comprendí que tú ya no estarías en primaria, porque pude saborear lo que significaba el futuro y me regalaste, con tu ejemplo, el sabor de los logros; a pesar de que en mi paladar el sabor de la diferencia de edad y de espacios compartidos se transformaba en un banquete de muchos tiempos, en donde tristemente, tu madurez no endulzaba mi inmadurez, aprendí a suspirarte pausadamente, con los ojos cerrados, y me comprometí a pensarte feliz… fue entonces cuando comprendí cabalmente el por qué hay postres que en su preparación demandan la cocción a fuego lento…no hay necesidad alguna de hacer que la ebullición emocional obstine lo más puro, lo más sutil, de nosotros mismos, porque debemos permitir que el tiempo desarrolle aromas y con ello concentrar o atenuar lo apetitoso de la transformación del amor… y desde entonces, desde hace ya varios años, no hemos parado de vivirnos sentimentalmente con diferentes grados de cocción.


Tani, mi día favorito es cuando disfrutamos el sabor de decirnos « Te amo ».


Abo Helnie 👨🏽‍🍳


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